Como bien sabrán,
estoy del otro lado del charco
(se infiere por el título del blog),
me encuentro en contacto con una cultura muy diversa,
a pesar de tener raíces de ella.
Esta entrada no pretende ser un confesión de lo mal o bueno que me parece esta nueva cultura. De lo que se trata es de manifestar el pensamiento que tengo frente a ciertas posiciones distintas a las costumbres de este nuevo lugar. Como en cualquier ambiente internacional, se da un choque cultural y unos estarán acostumbrados, otros estarán escépticos frente a la situación, otros incomodos o molestos por la interrupción de su entorno. Pero considero que el sentido común de cualquier ser humano es el de RESPETAR las diferencias, el de guardar cualquier comentario que parezca inadecuado y ante todo ser ABIERTO hacia nuevos pensamientos, acentos y costumbres. Me gustaría hacer énfasis de que esta entrada no es una denuncia hacia incomodidades que he vivido durante mi tiempo fuera de mi zona de confort, ¡NO!… de lo que trate es de cómo he aprendido de ello y cómo lo he abordado.
Entonces, lo que quiero manifestar es el de: cómo se puede vivir despreocupándose de los comentarios innecesarios, indirecto o directos, de la falta de conocimiento de otros entre otras cosas. La respuesta es tan sencilla que creo que sorprenderá al lector, la respuesta es LA FELICIDAD.
¿Por qué la felicidad? Pues por el simple hecho de ser una obligación de todos los días. Es una obligación porque debemos agradecer de donde nos encontramos, de lo que tenemos, de la capacidad que tenemos de razonar, amar y respetar y lo más importante de perdonar y comprender al otro. Pues con el tiempo y con golpes he asimilado que no se le debe dar mucha importancia a los eventos negativos y tampoco se debe dramatizar en los eventos en que se esta en desacuerdo. Porque eso es simplemente una tontería. Lo importante, lo memorable y lo verdaderamente humano es el de RECONOCER que la vida es un regalo, que la dignidad es de suyo intocable. Por lo que no se debe realizar el papel de victima pues disminuye la felicidad y el ser menos humano, menos razonado. Por lo que terminas menospreciando el valor y el fin de tú propia vida, que es la de vivir la mejor vida posible.
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